CAPÍTULO 5 “Caminos separados"


Rosario Bermúdez, ese era el nombre que figuraba en la placa de la psicóloga. Me quedé en la puerta un rato. Tenía dudas de volver a entrar, al principio fue fácil hablar, era cómodo, pero a partir de ahora, todo era diferente. Ella parecía disfrutar lo que contaba y eso de alguna manera me molestaba. Empecé a vivir los recuerdos de nuevo, era como pasar otra vez por lo mismo, no me arrepiento de nada, pero pasar de nuevo por lo mismo era algo para lo que no sé si estaba listo. Me dí la vuelta, bajé esa pequeña escalera. La puerta se abrió, sabía que era ella, me quedé quieto dándole la espalda y callado. _Hoy vamos a hablar, pero no en el consultorio. Vamos a ir a la plaza_ me dijo mientras cerraba la puerta con llave. Me quedé parado y ella me tomó de un brazo y comenzamos a caminar. _Me gusta caminar. Tengo el consultorio muy lejos de mi casa, solo para poder caminar todos los días, a pesar de que es el mismo camino todos los días, siempre veo algo diferente. Muchos de mis pacientes se quejan de la rutina pero a veces hay que saber disfrutar de donde uno está_ no me miró ni un instante al decir esto, el resto del camino lo recorrimos en silencio. Elegimos el lugar donde mas gente había, unos tomando mate, otros leyendo, otros corriendo, y otros simplemente con sus parejas. Se sacó los anteojos, sacó un cigarrillo y lo puso en su boca, no lo encendió. Pasó un tiempo, pensé que lo iba a encender. _ Hace un tiempo, la única persona de la que me enamoré me iba a enseñar a fumar. Nunca llegó a hacerlo_ sonrió luego de este comentario, la vi felíz, no triste, era extraño. Aunque siempre tuve problemas para comprender o saber que decir en momentos como este. No supe hacer otra cosa que empezar a contar donde me había quedado.

El sonido del chupetín del Zanco, era lo único que escuché mientras estábamos sentados comiendo en ese bar. Ana tomaba su café como si nada hubiese pasado. Terminamos de comer, aunque yo no pude acaba todo mi sándwich de ternera. Nuestra acompañante, dejó el dinero sobre la mesa, y empezó a caminar hacia la puerta. Miré a Francisco y él me hizo un gesto con su cabeza, de que era hora de irse. Yo no entendía, el auto ya no estaba. Dejamos nuestro dinero también y salimos, Ana caminaba delante de nosotros. Mi ropa se fue con el auto, también la del zanco y la de Ana, es lo único que recorría por mi mente, por que como ya dije, yo nunca entendí la importancia de ese auto para Kike, si me preocupaba, pero solo por que no teníamos como seguir viajando. Ana se paró al costado de la ruta, llegamos también, la ruta iba hacia el norte por la derecha y hacia el sur por la izquierda. Teníamos que pedir a algún auto que pase que nos lleve. Sin embargo, me sorprendió que fui el único que se mantuvo del lado de la ruta que va al norte, pensé que sin ropa y sin auto no seguiríamos, los otros dos estaban del lado sur. Miré al zanco y le hice seña para que venga conmigo. _ Yo sigo al sur, salí a viajar y eso es lo que quiero, un viaje_ me dijo, mientras extendía su mano derecha y sacaba su pulgar. Comprendí que ellos estaban huyendo de algo, no solamente acompañándome a mí, ellos tenían algo para ocultar u olvidar de donde veníamos. Paró una camioneta, que llevaba limones, ambos se subieron. El hombre que manejaba, sacó su cabeza por la ventanilla _ ¡eh! ¿Vas a subir?_ me gritó, por que la camioneta hacía mucho ruido. El zanco ya estaba sentado en la parte de atrás, y Ana se subió a lado del conductor _ ¡Meta! No te voy a esperar todo el día_ dijo el hombre, y aceleraba su camioneta que hacía un ruido aún mas fuerte _ gracias, pero voy en la otra dirección_ le respondí, el zanco no me miró, y golpeó la camioneta indicando la partida _esta bien hijo, por acá pasa seguro la última camioneta que va a retirar carga, podes ir en esa_ entró su cabeza, y se fueron. La verdad, no me sentí mal por no ir con ellos, pero era por que cada uno estaba ahí para algo propio, algo que era propio de ellos. Unos veinte minutos después, una camioneta salió del camino del bar, le hice seña y se detuvo. _ ¿Para donde vas?_ me preguntó un hombre muy canoso _ A la capital_ le respondí. Me hizo seña, y me subí, esta camioneta también sonaba demasiado. Estaba cansado, el hombre comenzó a hablarme, pero me dormí. Me despertó, un sonido fuerte en la caja de la camioneta. Luego el hombre entró _ Bien, es el último cajón de limones. Ahora tengo que regresar antes que oscurezca, hasta acá puedo traerte_ me dijo amablemente, parecía haber llevado mucha gente en su vida. Me bajé un poco dormido _¿Conoce el pueblo “las fresas”?_ le pregunté mientras sostenía la puerta _ ¡Claro!, paso por ahí todos los días, yo vivo un poco mas lejos de ahí_  me contestó, y no se hizo esperar el siguiente comentario _¿ibas para ahí desde un principio?_ me preguntó, y no hice nada pero él lo sabía, sus canas eran de experiencia, se notaba. Me hizo la seña y subí de nuevo _ No me sorprende, en todo el tiempo que llevo viajando, siempre la gente duda de llegar a su destino y muchos también se arrepintieron y volvieron. Acá tengo uno mas_ me dijo y rió un poco. Sonreí. Arrancamos, puso algo de música y me dormí de nuevo. Desperté, estaba ocultándose el sol _Despertaste justo a tiempo_ me dijo el hombre. A los minutos frenó, una entrada, muy larga con unas casas al final. _ Este es el pueblo_ me dijo _ muchas gracias señor … _ no supe su nombre, pero inmediatamente me contesto _Marcos, Marcos Sanchez_ le estreché la mano, cerré la puerta y se fue. Vi un cartel de madera colgado en el arco de la entrada. “Las Fresas”, comencé a caminar mientras el sol se iba ocultando detrás de una montaña.

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