Solo tengo una hora para almorzar en el trabajo, y la ciudad está tan llena de edificios que me paso un buen tiempo de mi almuerzo buscando un pequeño lugar por donde pase el sol. Tantas horas metido dentro de un edificio, salís, más edificios, lo único que deseo es estar bajo el sol por unos minutos. Llego siempre a la plaza central, es lejos, pierdo unos 15 minutos de mi hora, pero la verdad solo en ese lugar siento que respiro de nuevo. No entiendo como a esta edad soporto lo que por tanto tiempo no pude. La reiteración, la eterna misma escena que se repite día tras día. Me levanto, prendo la televisión, nunca veo, solo me gusta no sentirme solo por las mañanas. Hago todo lo habitual, al baño, me baño, me lavo los dientes, desayuno algo rápido, me visto y camino hacia la parada del colectivo. Subo, siempre me saludo con una mujer que va en el primer asciento. No sé quien es, pero es una costumbre, en realidad no recuerdo en qué momento empecé a saludarme con ella. Se viste mal, usa algo así como un pantalón deportivo y un saco marrón, o colores llamativos, una vez fue de sandalias, medias, un pantalón corto y un buzo con la cara del “Che” Guevara impresa en el frente. Tal vez me quejo, pero lo diferente que está esa mujer cada día, le da un toque de originalidad a mis días.
No me gusta olvidarme de “Rubencito”, es un nene o pendejo, que debe tener unos 8 años, cada mañana tengo que verlo junto a su madre, de hecho, conozco el nombre por que en los 20 minutos que dura mi viaje, escuchás constantemente _Rubencito, vení para acá. Quedate quieto_ y todo esto lo dice sin moverse por calmar al changuito. Y cada mañana deseo que me contagie esas fuerzas para afrontar mis días. Cuando me bajo del colectivo, me saludo con Richi, es el revistero, es una de las pocas personas con la que siempre tenés algo que hablar. Es un tipo muy raro, siempre está feliz, y si, para mí eso es raro, ni fingiendo a todo momento, podrías aguantar, sin embargo para él es algo natural. _ ¿Cómo está don Jonás?_ Lo dice con una sonrisa muy convincente. No le compro nada, pero es amable conmigo, quizá ve algo en mí que yo desconozco. Lo saludo como todas las mañanas y entro a mi trabajo. En la oficina, siempre tengo papeles para revisar en el escritorio, sabré que el fin del mundo está cerca en el preciso momento en que llegue y no tenga ningún papel. Aún así me siento y llamo a Cecilia, mi secretaria, una veinteañera muy sensual a la que solo contraté para poder verla con esos jeans apretados. No dudo de sus capacidades, pero la verdad por ninguna de ellas es que la contraté y en cierta manera creo que ella lo sabe. Una vez que entra a mi oficina, le pido me explique que son esos reportes, y cuentas que están en el escritorio. Ella habla y yo escucho, lo hago por pasar el tiempo, sé que son, pero tengo que hacerla trabajar y yo tengo que pasar un poco la mañana. A la hora del almuerzo la viene a buscar el novio, Federico creo que se llama, me lo presentó una vez, y la otra vez que lo vi fue en un video club, él salía de la parte de películas porno, yo tenía en la mano una película de acción, nos miramos, no dijimos nada, y se fue. Hablo sobre todo esto, por que extraño demasiado el pasado o simplemente sé que tengo una deuda con él.
Había decidido ir informal a trabajar, no hacía frío, eso lo recuerdo bien porque Richi estaba con una remara solamente. Justo antes de entrar, la vi. Ana. Era ella, me quedé mirando como se alejaba, luego salí tras ella, no estaba muy lejos, pero cruzo la calle y yo no llegué, los autos pasaban, no podía cruzar, la veía alejarse y me desesperaba, decidí pasar igual, los autos frenaron de golpe, corrí tras ella, dobló en una esquina, yo llegué con el poco aliento que tenía, giré, pero ya no estaba. Entré a los dos bares que hay en esa cuadra pero no estaba. Tenía puesto su campera roja, era esa campera que la recuerdo siempre como si estuvieran unidas, Ana y la campera. Me senté sobre las escaleras de la entrada de una casa, quería verla, sabía que si esperaba saldría de algún lugar. Esperé por largo tiempo, no me importó el trabajo, solo quería ver a Ana de nuevo, con ella viví tantas cosas y nunca la pude olvidar. Decidí ir a tomar un café, me levanté, camine lentamente al bar, luego de pasar por una casa sentí el sonido de una puerta abriéndose, no dejé de caminar, pero por alguna razón giré. Ahí estaba, era ella, caminaba en sentido contrario al mío, empecé a correr tras ella, quería sorprenderla, llegué, la tomé de un hombre. _ ¡Ana! _ le dije agitado, ella giró, vi ese rostro, me quedé helado. _¿Cómo me llamó?_ dijo dulcemente. No era Ana, solo era la campera roja lo idéntico. _Nada, la confundí, disculpe_ la solté del hombro y ella siguió caminando. Me apoyé sobre la pared de una casa, estaba triste, miraba como la campera se hacía más chica. _Es feo no encontrar a quien uno busca_ me dijo una voz femenina un poco áspera. Giré rápidamente. Tampoco era ella, solo una mujer con anteojos y un traje de color marrón chocolate, que estaba fumando un cigarrillo. Volví a mirar por donde se había ido la falsa Ana, pero ya no estaba. Agaché la cabeza, miré al suelo un rato, y los zapatos de esta mujer se pusieron delante de mí, los miré y subí mi cabeza hasta verla de frente. _ ¿Quiere decir algo? Soy psicóloga, lo puedo escuchar_ no me gustó que esté ahí, empecé a caminar ignorándola. _ Quizás era su destino cruzarse conmigo_ me dijo mientras daba una pitada a su cigarrillo. Esas palabras sonaron en mi cabeza, porque fue Ana quién me enseñó sobre el destino, que las cosas no son casualidad, cada una está destinada a suceder para que una cadena de hechos tenga sentido. Me di vuelta y la miré directamente, hizo una pitada a su cigarrillo, tiró la colilla y con su mano me hizo seña de que me acerque. Realmente no quería ir, así que me di vuelta nuevamente _ la primera sesión es gratis_ me dijo, la escuché, giré de nuevo y caminé hasta ella. Sonreía casi exageradamente, me indicó la entrada, abrí la puerta _ Solo porque es gratis entro_ aclaré _Lo sé, y estoy segura que la va a pasar bien_ afirmó mientras cerraba la puerta detrás de mí.
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