Los pensamientos son molestos, llegan y se van como quieren, nunca retenes exactamente algo que pensaste. Es frustrante.
Estaba ahí parado, autos, gente, ruidos y viento. ¿Algo más? Si, pensamientos, muchos de ellos empujando para confundirme. Caminas con los bolsos mientras todo el mundo te ve el pelo revuelto, ojos rojos. Otros parecen no interesarles y chocás contra ellos.
Recordemos el verano anterior a esto, cuando me encontraba en un lugar seco y solitario; no dejé de reírme, no había nada, sin embargo elegí estar ahí. Todos a mí alrededor me miraban por la risa incontrolable que tapaba con mis manos. En este nuevo lugar, regresé ahí, solo el clima es diferente.
Confundirse es una cualidad muy presente en mí, así me encontraba. Toqué el bolsillo de atrás de mi pantalón, olvidé mis llaves. Siempre algo tiene que pasar, ya venía confundido, extrañando, despeinado y perdí las llaves. Me tomó unos dos minutos saber que nunca las traje, que no las necesitaba por que no estaba en mi hogar. ¿Estupidez? Ciertamente, si; es frecuente, pero logro superarla con un poco de torpeza. Recorrí metros, me uní al grupo, me separé de ese grupo por que no era el mío. No los encontré. No pensé en ella. Mas tarde me llamó, no la atendí, quise, pero no lo hice. Luego la llamé. No me atendió. El grupo me encontró.
Dentro del auto me plantee, siempre con mi cara de pensante seguro, que no entendía mis acciones de los últimos minutos. Pensé tanto que llegamos.
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