Los días fueron agotadores uno tras otro. A veces cuesta seguirle el ritmo a lo mismo; pero logramos sobrevivir.
El viaje fue como todos, largo, cansador y por momentos insoportable. Pero cuando aparecieron las montañas nevadas, las sonrisas se mostraron. No podían dejar de sonreír. Tiempo antes pensaban como se vería ese lugar, pero cuando lo vieron no recordaban como se lo imaginaron.
Mientras estas cosas pasan por la mente de uno, otras cuantas solo se quedan ahí estancadas. Siempre así, uno tiene varias hipótesis de vida, costumbres y demasiadas ocupaciones. Aún así es fácil saber que una mujer puede borrar los pensamientos previos. Quedándose presente, sola, sin nada que decir, solo ser parte de la gran máquina que trabaja todos los días pensando: ¡Que bella que es! Y todo se relaciona, ves algo y es su remera; tomas un café y es el color de sus ojos; ya nada esta fuera de ella. ¿Qué tiene que ver esto con lo otro?... Todo y mucho más que todo, es esencial para un viaje. Uno piensa en alguien hasta el cansancio, y en un viaje largo lo hace con más frecuencia. No sirve de nada hacerlo, por que cuando más extrañas mas lejos está. Y te matas de risa, pero sabiendo que solo deseas evitar pensar en la ladrona de pensamientos.
Habiendo tocado tierra firme en el destino, esa fija en la mente se aleja por instantes y es acá cuando, solo por momentos, uno dice: “Gracias”.
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