Llegué a tantos lugares en la mente. Que cuando el desplazamiento es físico se espera mucho más. Las caras de los que te reciben son, en pocas palabras, de agotamiento, como si al vernos llegar se hubieran sacado un peso de encima. Miro hacia atrás, cuando llego, algo me hace voltear a ver hacia atrás. Nos encontramos ellos y nosotros, con un espacio entre ambos grupos. Silencio. “Hola como están”, gran formalidad que rompe el hielo y conduce a un apretón de manos. Las presentaciones que corresponden. Él es tal y él tal, se saludan, nunca falta el: “Ahh, vos sos tal”. Bueno, esto es una rutina, común, que aún no me deja de sorprender por lo predecible que es.
Recuerdo una vez, cerca de un invierno muy frío, me toco presentar mi novia de ese momento a mi madre. El concepto de momento incomodo quedó totalmente desviado, por ese instante en el que ellas se encontraban de frente pude leer su mente, la de ambas, cada palabra que pensaban. Mi madre decía: “Mi hijo está acá, tengo que cambiar esta cara” y ella decía: “No le voy a caer bien”. Recuerdo que se me soltó una pequeña carcajada que ambas no dudaron en notar. Después de ese incomodo lapso se saludaron y hablaron un rato ambas, mientras yo sacaba una gaseosa de la heladera.
En esta nueva presentación también se me soltó una pequeña carcajada, que todos notaron. Caminamos. Preguntaron del viaje, le respondimos como fue, lo cansado que estábamos. “Me imagino” dijeron ellos y luego silencio de nuevo. Me quedé al final del grupo, todos caminaban concentrados, yo hice unos pasos, volteé y miré hacia atrás. Me acordé de cuando era pequeño y quería ser astronauta. Sin ninguna razón, solo me acordé de eso. Recuperé mi vista en el resto del grupo.
Nos mostraron el lugar donde viviríamos por los próximos días, yo solo puse mi bolso sobre una de las camas y me dormí.
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