CAPÍTULO 8 “Temblores de recuerdo"

Algunas noches no puedo dormir, me despierto, doy vueltas en la cama. Me levanto, camino, trato de volver a dormirme, pero me cuesta y realmente quiero evitar recordar ciertas cosas. Ana, es una de ellas, pero se hace imposible y se vuelve una costumbre, cada vez que no me puedo dormir. Siempre recuerdo la misma parte…


-Te hago este pequeño regalo- le dije entregando mi obsequio.

Ella me miró, pero esta vez era diferente. Su intrigante mirada, su siempre confusa posición de los ojos, su semblante siempre alegre, esta vez era algo que no había visto nunca. Lo tomó con ambas manos, se quedó perpleja, casi inmóvil. Un leve viento primaveral empezó a mover su cabello, el sol lo iluminaba para que se mostrara acariciando la brisa; esta comenzó a soplar mas fuerte le desprendió de las manos eso que estaba admirando, recorría el cielo al ritmo del viento, ella corrió por detrás.

-Mirá bien por donde vas- se lo dije con una sonrisa
-Lo estoy haciendo- me contestó, y se rió como siempre.

La ví recorrer ese recinto tan agradable de un lado a otro. Aquel soplador de los cielos se divertía con su danza, también  yo la disfrutaba. Dio un gran salto y la alcanzó, cayó con mucha fuerza, corrí a ella, pero empecé a escuchar como reía y se incorporó de pie nuevamente.

-Esta vez no se va a escapar, la sujetaré con toda mi fuerza- me dijo, con ese semblante alegre.
-Eso espero- le repuse.



Un nuevo día empezó. Llegué a trabajar antes de lo acostumbrado, ya eso me sentaba bastante raro. Cecilia estaba mas alegre que otros días, seguramente me comunicaría sus buenas noticias. Entré, miré mi oficina <¿Por qué no cambiar las cosas de lugar? – pensé mientras miraba desde la puerta> y es lo que hice, moví el escritorio contra la ventana que da hacia la cuidad. Mueble por mueble, las sillas, la biblioteca, los cuadros. Mi secretaría se posó sobre el marco de la puerta y miraba un tanto confundida la situación. En poco tiempo la oficina quedó armada con todo en dirección a la ventana que siempre me hace sentir que no estoy encerrado. Me senté y miré directamente la ciudad, a pesar de todos los edificios, podía distinguir algunos árboles. El verde me tenía cohibido.

-¿Señor? Disculpe- se asomó Cecilia.

Giré a ver con una sonrisa en la cara. Ella estaba alegre también, a pesar que hoy su forma de vestir era un tanto ridícula. Una pollera con estampados de animales, una remera de color amarillo y unos collares largos con varios accesorios extras que no los entendí del todo. Era tal mi bien estar, que no vi el escote como era naturalmente mi comportamiento.

-Tengo algo que decirle- continuó mientras sostenía una carpeta.

-Por favor, con confianza- le aclaré

-Tenga. Esto es para usted- sacó un sobre de la carpeta- Me voy a casar. Y quiero que esté en la ceremonia y en la fiesta.

Tomé el sobre, la miré con dubitación, no supe contestarle. Aclare mi garganta, me puse de pie.

-Felicidades- y la abracé.

Ella respondió a mi abrazo con una pequeña risa, algo chillona, pero desbordaba alegría. Luego nos separamos, observé con detalle el sobre y lo guardé en mi escritorio.

-Ira ¿Verdad?- me dijo un poco seria- porque usted me dio un trabajo, pude seguir estudiando por los horarios que me asignó. Yo le estoy muy agradecida y mi futuro esposo también lo está.

<¿Qué podía hacer?-pensé- Era ella un mar de alabanzas que no me dejarían declinar la invitación> Asentí con la cabeza y ella rió de forma aguda de nuevo. Había logrado conocer su risa de alegría, que para mi pobre y limitado gusto, era muy molesta. Dio un pequeño saltito en el lugar y salió. Yo me incorporé mirando de nuevo a la ciudad.

-Antes que salga ¿Necesita algo?- me dijo desde la puerta.

Simplemente le negué moviendo mi mano. ese pensamiento quedó dando vuelta toda la mañana.

Por la tarde, me encontraba frente a Rosario, su cuaderno y lapicera. Le conté lo de mi secretaria, no con tantos detalles, pero en sí lo que pasó. Ella cerró el cuaderno, me sorprendí de esto, no lo había hecho nunca. llegué a esa conclusión para mis adentros.

-¿Te casaste alguna vez?- me dijo y se acomodó sus anteojos.

-¿Eso que tiene que ver?- traté de alejarme de el rumbo que intentaba seguir- Eso es algo de lo que no quiero hablar

-Solo es una pregunta Joaquín. Es un si o no. Nada complicado- insistió.

-Nunca-respondí- Tampoco sé si es algo que quiera o haya querido alguna vez

Ella solo me observó un rato. Abrió de nuevo su cuaderno y anotó algo. Se acomodó de nuevo los anteojos, dejó la lapicera sobre su escritorio.

-¿Y con Ana? ¿Lo pensaste alguna vez?- aclaró su voz y me miró directamente.

Ella sabía algo mas, empezaba a leer mas allá de lo que le iba revelando con mis relatos. Su pregunta era clara, no podía evadirla, hablo tanto de ella que no podría salirme de esta. Miré hacia el escritorio donde estaba la lapicera, esta se empezó a temblar y en un momento todo el lugar empezó a temblar. Los libros empezaron a caer, yo me aferré al sillón y Rosario hizo lo mismo. Ambos nos miramos mientras todo vibraba. Vi directamente el rostro de mi psicóloga estaba totalmente vacuo y fue como un portal al pasado.

Ana sujetaba con fuerza aquello que el viento casi le arrebató. Sonreía con dulzura, giró dándome la espalda.

- ¡Que hermosa vista!- Exclamó.

Yo empecé a caminar hacia ella. Cuando de pronto un fuerte movimiento me hizo perder el equilibrio, caí de rodillas, miré a donde estaba Ana, ella también se encontraba en el piso. El temblor se detuvo, ella levanto su puño, ahí tenía con fuerza el regalo. Yo sonreí, me levanté, ella hizo lo mismo. Colocó aquel pequeño obsequio dentro de su corpiño y me dedicó un guiño de ojo. Entonces esta vez el temblor fue mas fuerte, me tiró de nuevo al piso, Ana cayó de espaldas. Me percaté que estaba cerca de la orilla.

-¡Agarrate fuerte!- le grité mientras tenía dificultades para ponerme de pie. Los temblores eran fuertes, ella estaba fuertemente agarrada- ¡Agarrate con mucha fuerza!

Me puse de pie, aún con todo temblando empecé a caminar hacia ella, la distancia parecía enorme. Ella estaba a centímetros del precipicio, pero permanecía agarrada con fuerza. Estaba cerca y un temblor fuerte me hizo caer, Ana gritó, sus pies quedaron colgando, estiré mi mano para tomar la de ella, los temblores se hicieron mas fuertes, tomé su mano con fuerza, me puse de rodillas y tiré, empezó a subir, luego me tomó con ambas manos, sus pies regresaron a tierra. Seguí tirando, Ana se afirmó mejor. Un impresionante sonido, como si un rayo hubiera caído cerca de nosotros, ambos lo escuchamos y un gran movimiento de la tierra nos separó las manos. Todo fue muy lento, el rostro de Ana se nubló, no había expresión alguna, yo empecé a retroceder por el impacto, pude ver como ella desaparecía en ese precipicio, luego me golpeé la cabeza y me desmayé. Cuando desperté todo estaba calmo, me tomé la cabeza, me dolía bastante. Recordé y me acerqué al precipicio, miré hacia abajo. Solo el mar y rocas. No había señales de ningún tipo.

-¡Anaaaaaaaaaa!-grité con fuerza - ¡¿Estás ahí?! ¡Contestáme!- Un fuerte eco me devolvía los gritos.


Recordé durante el tiempo que duró el temblor. Cuando cesó, Rosario, aún estaba aferrada a su sillón. Me acerqué a levantar su lapicera.

- Ya se terminó- le dije frente a su rostro. 

El color de la piel le regresó, parpadeó unas cuantas veces. Se puso de pie y empezó a levantar algunas de las cosas que cayeron, abrió las ventanas, se sirvió un vaso de agua y me ofreció otro, le acepté. Me acerqué a la ventana junto a ella. Miré a Rosario.

- Ahora quiero contarle que pasó con Ana - se lo dije serio.

Rosario me miró, se acomodó los lentes y tomó un sorbo de agua del vaso.

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