Extrañamente la música me quedaba justo, cada acorde era para mí. No podía dejar de mover mi cabeza al ritmo contagioso de esa seguidilla de temas. La puerta golpeó con fuerza, entró como una bala de cañón, me miró; hubo un eterno silencio entro nosotros, hasta que mi cabeza decidió actuar por si sola nuevamente y se movió al ritmo de la música. Fue como si accionara una bomba y estalló sobre ese pequeño aparatito eléctrico que tuvo que amigarse de golpe con la pared amarilla. Yo la verdad seguía moviendo la cabeza por que ese tema lo sabía. Era como tener a un demonio recorriendo la habitación. A mi movimiento le sume un pequeño recuerdo de unas vacaciones en Mar del Plata, donde estaba idiota por que la tierra no dejaba nunca de invadirme las zapatillas. Me reía solo. Luego retorné a la realidad junto a ese huracán de palabras y puteadas que no dejaba de moverse. El tema acabó en mi cabeza, y miré hacia donde se encontraba el despedazado amigo de la pared, me levanté, pasé por encima de él y me acerqué a la ventana, abajo estaba la gente, el resto que funciona afuera de esa habitación. Entonces la vi de nuevo, junto con todos esos extraños de abajo, era bellísima. Nunca entendí por que algunas cosas nos estremecen tanto. Sabía que tenía que ir por ella. Pero el monstruo detrás mío no dejaba de gritar, sin miedo me puse a la par, nos miramos y estoy seguro que lo entendió, por que el siguiente amigo de la pared fue el televisor. Bajé con gran agilidad las escaleras.
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